domingo 5 de julio de 2009

Literatura giratoria



La búsqueda de algo decente para leer en los sitios de playa suele ser un trance tan dificultoso como revelador. Reconozco, eso sí, que cuando llevo chancletas mi nivel de exigencia literaria se adapta mágicamente a la oferta de las torres giratorias de bestsellers que pueblan los quioscos playeros, apretadas junto a los botes de bronceadores y las colchonetas con formas de animales. En todo caso, la experiencia sirve para saber a ciencia cierta qué es lo que se vende de verdad, en la línea de frente, más allá de rankings y listados oficiales. Hasta que tu libro no aparezca en uno de esos stands chirriantes por el óxido de la brisa marina, sabrás que no has triunfado de verdad.
En los últimos diez días he empezado cuatro libros, he abandonado tres y he terminado uno. Lo intenté con Los hombres que no amaban a las mujeres, pero tanta información sobre chanchullos empresariales me aburrió sin remedio antes de conocer a la famosa Lisbeth. Lo intenté con La soledad de los números primos, y envidié mucho la sensibilidad del odiosamente joven autor, pero siempre que leo una historia de adolescentes con traumas de integración espero que el protagonista liquide a todos en el último capítulo utilizando sus poderes telekinéticos. Y me temo que Giordano no va por ahí, así que me ahorré la decepción. Me llevé una gran alegría al encontrar Tokio blues de Murakami en la estantería giratoria de un remoto supermercado, pero al cabo de cien páginas ya estuvo claro que aquellos muchachos no iban a hacer nada más interesante que hablar y hablar, así que me quedé sin fuerzas para seguir leyendo.
Entonces... ¿cuál fue el afortunado libro que devoré de principio a fin, entre piscina y playa, desayuno y merienda, entre risas y sacudidas de cabeza? Pues Alarido de Dios, de José Miguel Vilar-Bou, cuya reseña ya tengo escrita y aparecerá por aquí o por otro sitio cercano muy pronto.
La trampa, por supuesto, es que me llevé el libro de Madrid. Muy a mi pesar, los tentáculos de Equipo Sirius no llegan hasta los puestos de prensa a pie de playa, ni se les espera. Ojalá me equivoque.

Una fantástica noticia alivia mi depresión post-vacacional cuando abro mi correo de regreso: he sido elegido finalista junto con Marc R. Soto, Félix J. Palma y Jon Bilbao (otra vez) para el premio Xatafi-Cyberdark a la mejor novela por Rojo alma, negro sombra. Enhorabuena a mis compañeros y muchas gracias a los seleccionadores.

domingo 21 de junio de 2009

La oreja de Murdock, de Castle Freeman Jr.



Misterios de la distribución. La semana pasada encontré este libro en una estación de servicio de la AP-68, mezclado con todos los bestsellers del momento. Jamás había oído hablar de él, ni de su autor, el tal Castle Freeman Junior. Pero me intrigó que Mondadori hubiera hecho llegar tres ejemplares de esta extraña y desconocida novelita a una gasolinera de Zaragoza, así que lo compré. Además, transcurre en Vermont, y me enterneció la ambigüedad del texto de la cubierta, que a falta de una etiqueta mejor se inventa el género de la road novel.

La novela tiene 159 páginas, todo diálogo y descripciones mínimas, que bastan para hacernos cómplices del destino de la muchacha Lillian y de los dos perdedores que deciden ayudarla en su misión de venganza contra el matón del pueblo. El hallazgo narrativo de la novela, si es que se puede llamar así, consiste en alternar el relato del viaje de los tres personajes con unos capítulos en los que asistimos a la interminable conversación de los viejos del lugar, reunidos en un molino, donde van saliendo a relucir las verdades sobre los personajes y sobre su pasado.

La oreja de Murdock (título sacado de uno de los capítulos; el original era Go with me) es una novela ligera, entretenida y minimalista con aire de película indie americana, con un puñado de buenos personajes, diálogos en ristra, relámpagos de violencia al estilo Coen y un permanente sentido del humor crepuscular. Se lee tan rápido que no tienes tiempo de decidir si se trata de una pequeña joya o de un entretenimiento tontuno. Seguramente un poco de las dos cosas.

En todo caso, no puedo evitar sentir cierto mosqueo ante el hecho de que un autor de Vermont desconocido pueda colocar un puñado de sus novelas en una gasolinera de Zaragoza, sin duda merecidamente, pero resulte inconcebible el viaje inverso: que un autor zaragozano, pongamos Roberto Malo, consiga ser traducido al inglés ya sería un éxito fuera de lo común, no digamos que alguno de sus libros termine en el stand de una gasolinera de Vermont.

No sé de quién es la culpa, si es que hay culpa, pero algo está muy desequilibrado en el negocio editorial de este país, y sospecho que no todo se debe a la ineptitud de los autores nacionales.

viernes 19 de junio de 2009

Reseñas en Rescepto y OcioZero


Pues sí, parece que Rojo alma, negro sombra sigue dando que hablar (y espero que lo siga un poquito más), y puedo anunciar dos nuevas reseñas: la publicada por Sergio Mars en su blog, la semana pasada, y la novísima firmada por Juan Ángel Laguna en OcioZero.

No sé si queda profesional agradecer las críticas favorables, pero qué diablos: mil gracias a los dos.

martes 16 de junio de 2009

La chica con el tatuaje de avispa



Como ha revelado la publicación de la correspondencia de Stieg Larsson con su editora, el autor sueco estaba muy seguro del título de su novela Los hombres que odiaban a las mujeres:  "He preguntado qué opinan algunos conocidos y dicen que es un título que da que pensar".

A la vista de cómo le ha ido (al libro, no a él) hay que concluir que los rebuscados títulos eran acertados o que, en todo caso, no han hecho ningún daño a la exitosa carrera de la trilogía. Sin embargo, en España hemos preferido suavizar la idea original, transformando el odio en ausencia de amor, mientras que en la traducción inglesa se ha optado por un cambio radical con The girl with the dragon tattoo, que me parece un título mucho más barato, penosamente serie B.

Yo no he leído el libro, pero me dicen que la enigmática protagonista, Lisbeth Salander, tiene otro tatuaje mucho más interesante que el consabido dragón: una avispa en el cuello. Eso me ha encantado. Será porque me ha recordado al comienzo de Rojo alma, negro sombra. Adoro las avispas. Y creo que hubiera sido un título más original: La chica con el tatuaje de avispa.

Pero a lo que iba: qué difícil es encontrar un buen título. Y qué poco importa a la hora de la verdad.

domingo 7 de junio de 2009

¿Se puede enseñar a escribir?





Alrededor de los seis años, un niño escolarizado ya sabe todo lo que necesita saber para coger un bolígrafo y ponerse a contar una historia. Cometerá faltas de ortografía, pero le enseñarán a corregirlas. Construirá aberraciones gramaticales, pero la profesora le mostrará el modo de hacerlo mejor. Aprenderá palabras nuevas cada día, giros lingüísticos, incluso estrategias narrativas que irán enriqueciendo su escritura poco a poco. Y todo eso no solo puede ser enseñado, sino que debe serlo necesariamente. Nadie nace sabiendo escribir, igual que nadie nace sabiendo leer ni sumar.

Esta perogrullada viene a cuento del debate sobre los talleres y programas de escritura creativa. No es un debate que tenga lugar en nuestro país, por supuesto, donde los talleres de escritura jamás han sido incorporados al sistema educativo y al lugar natural que debería corresponderles en las universidades, sino que han encontrado su hábitat propio en las academias privadas y en los centros cívicos ávidos de cualquier contenido para sus aulas polivalentes. Los talleres de escritura creativa, aquí, se presentan como una opción de ocio y esparcimiento para adultos igual que la cocina creativa o el tai chi, en lugar de constituir una rama (aunque una rama corta y poco importante, tal vez) de la formación intelectual y cultural de los jóvenes.

Este fantástico artículo de  The New Yorker viene a hacer balance de la experiencia acumulada en los Estados Unidos desde que se inventaron los talleres de escritura creativa, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, hasta nuestros días. Y su conclusión no es eufórica, pero tampoco descreída por completo. Después de sesenta años de programas creativos en las universidades norteamericanas, de miles de alumnos graduados (entre ellos no faltan los nombres ilustres), y a pesar de que algunos los han considerado como "el acontecimiento más importante en la historia de la literatura norteamericana de posguerra", para muchos de los profesionales implicados en estos programas sigue vigente la pregunta inicial: ¿Se puede enseñar a escribir?

Quizás el problema con los talleres de escritura radica en que, a diferencia de los demás estudios institucionalizados, carecen de programa o material didáctico fijos, de modo que toda la responsabilidad de cada curso recae en el profesor de turno. Dicho en otras palabras: el profesor es el libro. Ni siquiera las grandes máximas que pueden alentar el espíritu de estos talleres son invariables: en los años cuarenta y cincuenta el lema era "Show, don't tell" (Muéstralo, no lo cuentes), pero la nueva doctrina extendida a partir de los sesenta y los setenta decía que el objetivo se encontraba casi en el extremo opuesto: "Find your voice" (Encuentra tu propia voz). ¿Cómo puedo encontrar mi propia voz si se me imponen limitaciones a la hora de escribirla?

Finalmente, la única instrucción válida para enseñarle a alguien a escribir parece ser: "Escribe". (La instrucción previa sería: "Lee", pero es de suponer que quien se a punta a un taller de escritura parte de un cierto hábito de lectura; lo contrario sería sencillamente una pérdida de tiempo). Y el verdadero objetivo de los talleres no sería producir grandes escritores, ni siquiera conseguir que los alumnos publiquen sus obras (meta que en buen número de casos queda lejana para los mismos profesores), sino satisfacer la definición más automovilística de la palabra "taller": el lugar donde alguien lleva su artefacto porque está averiado o sospecha que lo está, para que el mecánico localice el problema y disponga su reparación.
Un buen profesor de taller literario debe ser un buen mecánico, no un diseñador de automóviles. Debe tener las manos sucias de tinta, por decirlo así. (Pero a ser posible, debe tratar de ser un poco más simpático que los mecánicos de coches y no menear la cabeza con cara de desolación cada vez que detecta un pequeño ruidito o un leve olor a chamusquina en el motor.)

¿Cómo se aprende a escribir? Reparando averías. Poniéndose manos a la obra con el párrafo defectuoso, desmontarlo y remontarlo todas las veces que haga falta hasta que funcione, hasta que suene como un motor perfecto. Para eso sirven los talleres de escritura; sus profesores suelen tener buen oído, aunque eso sí, te entregarán el destornillador a ti para que tú hagas el trabajo sucio.

La genialidad no se enseña, ni el talento, ni las ganas de escribir. Eso tiene que venir de fábrica. Tampoco sirve entregar una lista de lecturas ilustrísimas y decir: "Esto es lo bueno, escribe así". Porque cada uno se elabora su propia lista de lo que es bueno, y alterar ese orden emocional es tan difícil como conseguir que alguien olvide todos los ratos inolvidables que ha pasado leyendo a Stephen King o a Danielle Steel. La literatura apunta sus dardos al alma, no a la cabeza. Y hasta los menos laureados escritores tienen algo que enseñarnos, casi siempre.

Los talleres literarios no sirven para convertir escritores mediocres en grandísimos escritores, ni seguramente para que nadie "encuentre su voz". Pero los talleres literarios  sirven: para reconocer cuáles son nuestros puntos débiles y nuestros puntos fuertes como narradores, para corregir y mejorar nuestro estilo, para salir de un bloqueo, para descubrir nuevos recursos, y para practicar una lectura más atenta de otros textos y entender por qué nos emocionan. 

Pero más importante que todo eso: los talleres proporcionan un refugio cálido (aunque obligatoriamente fugaz) para quien se quiere adentrar por las estepas gélidas y solitarias de la escritura. La gasolina con la que funcionan los escritores es la seguridad en sí mismos y en su trabajo; si falta eso, el coche no anda. Y los talleres de escritura son, más que ninguna otra cosa, grandes surtidores de confianza.

Por eso creo que su lugar natural se encuentra en los ciclos de educación secundaria y superior, donde más se necesitan esas herramientas y esa seguridad, tanto para aprender a narrar como sencillamente para expresarse. Lo demás —la sensibilidad, el talento, la imaginación, la fuerza de voluntad— es cuestión de genética o de cómo te vaya en la vida, y ahí no pueden intervenir ni siquiera los talleres de ciencia ficción.


lunes 25 de mayo de 2009

Eluveitie


Reescribiendo... 

A veces reescribir trae momentos de satisfacción casi mesiánica. Por ejemplo, hoy. He logrado resucitar un capítulo que estaba muerto. Hallelujah!

Y lo celebro con esta canción de Eluveitie, la que sonaba mientras ocurría el milagro.

Mira por dónde, la mía es una historia de mujeres vestidas de negro y pájaros peligrosos...




viernes 15 de mayo de 2009

Las tijeras de Gordon Lish



¿En qué consiste el trabajo de un editor? Según la RAE: "Adaptar un texto a las normas de estilo de una publicación". Según Gordon Lish: "Cortar, cortar y cortar aún más".

Ya sabíamos que el nacimiento del minimalismo (o realismo sucio) debía mucho al trabajo de comadrona de Gordon Lish, editor de Knopf y de la revista Esquire por los años setenta, quien no se andaba con remilgos a la hora de meter mano a los textos del ahora mítico e intocable Raymond Carver, entre otros.

El año que viene todos podremos comprobar qué nos perdimos (o ganamos) de los textos originales de Carver, gracias a que Anagrama reeditará su primera colección bajo el título Los principiantes, que era como se titulaba antes de que Lish decidiera rebautizarlo como De qué hablamos cuando hablamos de amor

Pero hay unos cuantos que ya se han adelantado, han leído todos los textos y han hecho la comparación, ahorrándonos el trabajo. Por ejemplo, el escritor Alessandro Baricco, que dejó el testimonio de su estupefacción en este fantástico artículo. No dejéis de leerlo, no tiene pérdida. 

Pero he encontrado un texto todavía mejor. Impagable. Digno de imprimirse y colgarse encima del ordenador para que no sucumbamos a nuestro ego y recordemos que no existe una profesión más potencialmente frustrante y castradora que la de escribir. Gracias a un comentario del blog La nave de los locos he descubierto este documento en el que alguien se ha tomado la molestia de reproducir gráficamente las correcciones de Gordon Lish sobre uno de aquellos primeros relatos de Carver.

Haced click aquí, y exclamad conmigo: ¡Aaaaaah, qué dolor!

No es solo que Lish haya eliminado párrafos (hasta un tercio del cuento), cambiado los nombres a los personajes (¿por qué Mel es mejor que Herb?) y añadido frases y diálogos de su propia cosecha. Es que además ha cambiado el final completo, y donde los personajes se echaban a llorar desconsolada y patéticamente entre confesiones desgarradas, ahora solo hay silencios y contención, miradas perdidas en el vacío, desolación ártica.

Ahora resulta que Carver, el paradigma de la contención y el minimalismo, el de las relaciones gélidas y los personajes impenetrables, en realidad era un sentimental. Eso antes de que Lish le metiera la tijera, claro. Llevándose todas las lágrimas, todas las voluptuosidades, toda la verborrea excesiva. Todo lo humano.

Entonces, ¿se puede decir que Lish alteró la esencia de Carver al modificar de una forma tan drástica su estilo y su forma? Posiblemente no. Posiblemente no debamos pensar en Lish y Carver como verdugo y víctima, sino sencillamente como un equipo. La simbiosis perfecta escritor-editor. Unidos por la causa de lograr el relato perfecto. Y lo lograron. El éxito de su empresa común está acreditado: la influencia de Carver/Lish ha sido decisiva en el desarrollo de toda la narrativa actual, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos. Todos hemos tenido nuestro momento Carver, al menos como lectores. Y la automutilación minimalista es un ejercicio obligado para cualquiera que pretenda progresar como escritor. Como decía William Goldman, tienes que aprender a "matar a tus queridas".

Pero que venga el editor y las mate por ti, a limpio tijeretazo... Eso tiene que doler.